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miércoles, 23 de octubre de 2013
la bella durmiente
Hace muchos años vivían un rey y una reina quienes cada día decían: "¡Ah, si al menos tuviéramos un hijo!" Pero el hijo no llegaba. Sin embargo, una vez que la reina tomaba un baño, una rana saltó del agua a la tierra, y le dijo: "Tu deseo será realizado y antes de un año, tendrás una hija."
Lo que dijo la rana se hizo realidad, y la reina tuvo una niña tan preciosa que el rey no podía ocultar su gran dicha, y ordenó una fiesta. Él no solamente invitó a sus familiares, amigos y conocidos, sino también a un grupo de hadas, para que ellas fueran amables y generosas con la niña. Eran trece estas hadas en su reino, pero solamente tenía doce platos de oro para servir en la cena, así que tuvo que prescindir de una de ellas.
La fiesta se llevó a cabo con el máximo esplendor, y cuando llegó a su fin, las hadas fueron obsequiando a la niña con los mejores y más portentosos regalos que pudieron: una le regaló la Virtud, otra la Belleza, la siguiente Riquezas, y así todas las demás, con todo lo que alguien pudiera desear en el mundo.
Cuando la décimoprimera de ellas había dado sus obsequios, entró de pronto la décimotercera. Ella quería vengarse por no haber sido invitada, y sin ningún aviso, y sin mirar a nadie, gritó con voz bien fuerte: "¡La hija del rey, cuando cumpla sus quince años, se punzará con un huso de hilar, y caerá muerta inmediatamente!" Y sin más decir, dio media vuelta y abandonó el salón.
Todos quedaron atónitos, pero la duodécima, que aún no había anunciado su obsequio, se puso al frente, y aunque no podía evitar la malvada sentencia, sí podía disminuirla, y dijo: "¡Ella no morirá, pero entrará en un profundo sueño por cien años!"
El rey trataba por todos los medios de evitar aquella desdicha para la joven. Dio órdenes para que toda máquina hilandera o huso en el reino fuera destruído. Mientras tanto, los regalos de las otras doce hadas, se cumplían plenamente en aquella joven. Así ella era hermosa, modesta, de buena naturaleza y sabia, y cuanta persona la conocía, la llegaba a querer profundamente.
Sucedió que en el mismo día en que cumplía sus quince años, el rey y la reina no se encontraban en casa, y la doncella estaba sola en palacio. Así que ella fue recorriendo todo sitio que pudo, miraba las habitaciones y los dormitorios como ella quiso, y al final llegó a una vieja torre. Ella subió por las angostas escaleras de caracol hasta llegar a una pequeña puerta. Una vieja llave estaba en la cerradura, y cuando la giró, la puerta súbitamente se abrió. En el cuarto estaba una anciana sentada frente a un huso, muy ocupada hilando su lino.
"Buen día, señora," dijo la hija del rey, "¿Qué haces con eso?" - "Estoy hilando," dijo la anciana, y movió su cabeza.
"¿Qué es esa cosa que da vueltas sonando tan lindo?" dijo la joven.
Y ella tomó el huso y quiso hilar también. Pero nada más había tocado el huso, cuando el mágico decreto se cumplió, y ellá se punzó el dedo con él.
En cuanto sintió el pinchazo, cayó sobre una cama que estaba allí, y entró en un profundo sueño. Y ese sueño se hizo extensivo para todo el territorio del palacio. El rey y la reina quienes estaban justo llegando a casa, y habían entrado al gran salón, quedaron dormidos, y toda la corte con ellos. Los caballos también se durmieron en el establo, los perros en el césped, las palomas en los aleros del techo, las moscas en las paredes, incluso el fuego del hogar que bien flameaba, quedó sin calor, la carne que se estaba asando paró de asarse, y el cocinero que en ese momento iba a jalarle el pelo al joven ayudante por haber olvidado algo, lo dejó y quedó dormido. El viento se detuvo, y en los árboles cercanos al castillo, ni una hoja se movía.
Pero alrededor del castillo comenzó a crecer una red de espinos, que cada año se hacían más y más grandes, tanto que lo rodearon y cubrieron totalmente, de modo que nada de él se veía, ni siquiera una bandera que estaba sobre el techo. Pero la historia de la bella durmiente "Preciosa Rosa", que así la habían llamado, se corrió por toda la región, de modo que de tiempo en tiempo hijos de reyes llegaban y trataban de atravesar el muro de espinos queriendo alcanzar el castillo. Pero era imposible, pues los espinos se unían tan fuertemente como si tuvieran manos, y los jóvenes eran atrapados por ellos, y sin poderse liberar, obtenían una miserable muerte.
Y pasados cien años, otro príncipe llegó también al lugar, y oyó a un anciano hablando sobre la cortina de espinos, y que se decía que detrás de los espinos se escondía una bellísima princesa, llamada Preciosa Rosa, quien ha estado dormida por cien años, y que también el rey, la reina y toda la corte se durmieron por igual. Y además había oído de su abuelo, que muchos hijos de reyes habían venido y tratado de atravesar el muro de espinos, pero quedaban pegados en ellos y tenían una muerte sin piedad. Entonces el joven príncipe dijo:
-"No tengo miedo, iré y veré a la bella Preciosa Rosa."-
El buen anciano trató de disuadirlo lo más que pudo, pero el joven no hizo caso a sus advertencias.
Pero en esa fecha los cien años ya se habían cumplido, y el día en que Preciosa Rosa debía despertar había llegado. Cuando el príncipe se acercó a donde estaba el muro de espinas, no había otra cosa más que bellísimas flores, que se apartaban unas de otras de común acuerdo, y dejaban pasar al príncipe sin herirlo, y luego se juntaban de nuevo detrás de él como formando una cerca.
En el establo del castillo él vio a los caballos y en los céspedes a los perros de caza con pintas yaciendo dormidos, en los aleros del techo estaban las palomas con sus cabezas bajo sus alas. Y cuando entró al palacio, las moscas estaban dormidas sobre las paredes, el cocinero en la cocina aún tenía extendida su mano para regañar al ayudante, y la criada estaba sentada con la gallina negra que tenía lista para desplumar.
Él siguio avanzando, y en el gran salón vió a toda la corte yaciendo dormida, y por el trono estaban el rey y la reina.
Entonces avanzó aún más, y todo estaba tan silencioso que un respiro podía oirse, y por fin llegó hasta la torre y abrió la puerta del pequeño cuarto donde Preciosa Rosa estaba dormida. Ahí yacía, tan hermosa que él no podía mirar para otro lado, entonces se detuvo y la besó. Pero tan pronto la besó, Preciosa Rosa abrió sus ojos y despertó, y lo miró muy dulcemente.
Entonces ambos bajaron juntos, y el rey y la reina despertaron, y toda la corte, y se miraban unos a otros con gran asombro. Y los caballos en el establo se levantaron y se sacudieron. Los perros cazadores saltaron y menearon sus colas, las palomas en los aleros del techo sacaron sus cabezas de debajo de las alas, miraron alrededor y volaron al cielo abierto. Las moscas de la pared revolotearon de nuevo. El fuego del hogar alzó sus llamas y cocinó la carne, y el cocinero le jaló los pelos al ayudante de tal manera que hasta gritó, y la criada desplumó la gallina dejándola lista para el cocido.
Días después se celebró la boda del príncipe y Preciosa Rosa con todo esplendor, y vivieron muy felices hasta el fin de sus vidas.
Lo que dijo la rana se hizo realidad, y la reina tuvo una niña tan preciosa que el rey no podía ocultar su gran dicha, y ordenó una fiesta. Él no solamente invitó a sus familiares, amigos y conocidos, sino también a un grupo de hadas, para que ellas fueran amables y generosas con la niña. Eran trece estas hadas en su reino, pero solamente tenía doce platos de oro para servir en la cena, así que tuvo que prescindir de una de ellas.
La fiesta se llevó a cabo con el máximo esplendor, y cuando llegó a su fin, las hadas fueron obsequiando a la niña con los mejores y más portentosos regalos que pudieron: una le regaló la Virtud, otra la Belleza, la siguiente Riquezas, y así todas las demás, con todo lo que alguien pudiera desear en el mundo.
Cuando la décimoprimera de ellas había dado sus obsequios, entró de pronto la décimotercera. Ella quería vengarse por no haber sido invitada, y sin ningún aviso, y sin mirar a nadie, gritó con voz bien fuerte: "¡La hija del rey, cuando cumpla sus quince años, se punzará con un huso de hilar, y caerá muerta inmediatamente!" Y sin más decir, dio media vuelta y abandonó el salón.
Todos quedaron atónitos, pero la duodécima, que aún no había anunciado su obsequio, se puso al frente, y aunque no podía evitar la malvada sentencia, sí podía disminuirla, y dijo: "¡Ella no morirá, pero entrará en un profundo sueño por cien años!"
El rey trataba por todos los medios de evitar aquella desdicha para la joven. Dio órdenes para que toda máquina hilandera o huso en el reino fuera destruído. Mientras tanto, los regalos de las otras doce hadas, se cumplían plenamente en aquella joven. Así ella era hermosa, modesta, de buena naturaleza y sabia, y cuanta persona la conocía, la llegaba a querer profundamente.
Sucedió que en el mismo día en que cumplía sus quince años, el rey y la reina no se encontraban en casa, y la doncella estaba sola en palacio. Así que ella fue recorriendo todo sitio que pudo, miraba las habitaciones y los dormitorios como ella quiso, y al final llegó a una vieja torre. Ella subió por las angostas escaleras de caracol hasta llegar a una pequeña puerta. Una vieja llave estaba en la cerradura, y cuando la giró, la puerta súbitamente se abrió. En el cuarto estaba una anciana sentada frente a un huso, muy ocupada hilando su lino.
"Buen día, señora," dijo la hija del rey, "¿Qué haces con eso?" - "Estoy hilando," dijo la anciana, y movió su cabeza.
"¿Qué es esa cosa que da vueltas sonando tan lindo?" dijo la joven.
Y ella tomó el huso y quiso hilar también. Pero nada más había tocado el huso, cuando el mágico decreto se cumplió, y ellá se punzó el dedo con él.
En cuanto sintió el pinchazo, cayó sobre una cama que estaba allí, y entró en un profundo sueño. Y ese sueño se hizo extensivo para todo el territorio del palacio. El rey y la reina quienes estaban justo llegando a casa, y habían entrado al gran salón, quedaron dormidos, y toda la corte con ellos. Los caballos también se durmieron en el establo, los perros en el césped, las palomas en los aleros del techo, las moscas en las paredes, incluso el fuego del hogar que bien flameaba, quedó sin calor, la carne que se estaba asando paró de asarse, y el cocinero que en ese momento iba a jalarle el pelo al joven ayudante por haber olvidado algo, lo dejó y quedó dormido. El viento se detuvo, y en los árboles cercanos al castillo, ni una hoja se movía.
Pero alrededor del castillo comenzó a crecer una red de espinos, que cada año se hacían más y más grandes, tanto que lo rodearon y cubrieron totalmente, de modo que nada de él se veía, ni siquiera una bandera que estaba sobre el techo. Pero la historia de la bella durmiente "Preciosa Rosa", que así la habían llamado, se corrió por toda la región, de modo que de tiempo en tiempo hijos de reyes llegaban y trataban de atravesar el muro de espinos queriendo alcanzar el castillo. Pero era imposible, pues los espinos se unían tan fuertemente como si tuvieran manos, y los jóvenes eran atrapados por ellos, y sin poderse liberar, obtenían una miserable muerte.
Y pasados cien años, otro príncipe llegó también al lugar, y oyó a un anciano hablando sobre la cortina de espinos, y que se decía que detrás de los espinos se escondía una bellísima princesa, llamada Preciosa Rosa, quien ha estado dormida por cien años, y que también el rey, la reina y toda la corte se durmieron por igual. Y además había oído de su abuelo, que muchos hijos de reyes habían venido y tratado de atravesar el muro de espinos, pero quedaban pegados en ellos y tenían una muerte sin piedad. Entonces el joven príncipe dijo:
-"No tengo miedo, iré y veré a la bella Preciosa Rosa."-
El buen anciano trató de disuadirlo lo más que pudo, pero el joven no hizo caso a sus advertencias.
Pero en esa fecha los cien años ya se habían cumplido, y el día en que Preciosa Rosa debía despertar había llegado. Cuando el príncipe se acercó a donde estaba el muro de espinas, no había otra cosa más que bellísimas flores, que se apartaban unas de otras de común acuerdo, y dejaban pasar al príncipe sin herirlo, y luego se juntaban de nuevo detrás de él como formando una cerca.
En el establo del castillo él vio a los caballos y en los céspedes a los perros de caza con pintas yaciendo dormidos, en los aleros del techo estaban las palomas con sus cabezas bajo sus alas. Y cuando entró al palacio, las moscas estaban dormidas sobre las paredes, el cocinero en la cocina aún tenía extendida su mano para regañar al ayudante, y la criada estaba sentada con la gallina negra que tenía lista para desplumar.
Él siguio avanzando, y en el gran salón vió a toda la corte yaciendo dormida, y por el trono estaban el rey y la reina.
Entonces avanzó aún más, y todo estaba tan silencioso que un respiro podía oirse, y por fin llegó hasta la torre y abrió la puerta del pequeño cuarto donde Preciosa Rosa estaba dormida. Ahí yacía, tan hermosa que él no podía mirar para otro lado, entonces se detuvo y la besó. Pero tan pronto la besó, Preciosa Rosa abrió sus ojos y despertó, y lo miró muy dulcemente.
Entonces ambos bajaron juntos, y el rey y la reina despertaron, y toda la corte, y se miraban unos a otros con gran asombro. Y los caballos en el establo se levantaron y se sacudieron. Los perros cazadores saltaron y menearon sus colas, las palomas en los aleros del techo sacaron sus cabezas de debajo de las alas, miraron alrededor y volaron al cielo abierto. Las moscas de la pared revolotearon de nuevo. El fuego del hogar alzó sus llamas y cocinó la carne, y el cocinero le jaló los pelos al ayudante de tal manera que hasta gritó, y la criada desplumó la gallina dejándola lista para el cocido.
Días después se celebró la boda del príncipe y Preciosa Rosa con todo esplendor, y vivieron muy felices hasta el fin de sus vidas.
baila muñequita
-Sí, es una canción para las niñas muy pequeñas -aseguró tía Malle-. Yo, con la mejor voluntad del mundo, no puedo seguir este «¡Baila, baila, muñequita mía!» -Pero la pequeña Amalia si la seguía; sólo tenía 3 años, jugaba con muñecas y las educaba para que fuesen tan listas como tía Malle.
Venía a la casa un estudiante que daba lecciones a los hermanos y hablaba mucho con Amalita y sus muñecas, pero de una manera muy distinta a todos los demás. La pequeña lo encontraba muy divertido, y, sin embargo, tía Malle opinaba que no sabía tratar con niños; sus cabecitas no sacarían nada en limpio de sus discursos. Pero Amalita sí sacaba, tanto, que se aprendió toda la canción de memoria y la cantaba a sus tres muñecas, dos de las cuales eran nuevas, una de ellas una señorita, la otra un caballero, mientras la tercera era vieja y se llamaba Lise. También ella oyó la canción y participó en ella.
- ¡Baila, baila, muñequita,
- qué fina es la señorita!
- Y también el caballero
- con sus guantes y sombrero,
- calzón blanco y frac planchado
- y muy brillante calzado.
- Son bien finos, a fe mía.
- Baila, muñequita mía.
- Ahí está Lisa, que es muy vieja,
- aunque ahora no semeja,
- con la cera que le han dado,
- que sea del año pasado.
- Como nueva está y entera.
- Baila con tu compañera,
- serán tres para bailar.
- ¡Bien nos vamos a alegrar!
- Baila, baila, muñequita,
- pie hacia fuera, tan bonita.
- Da el primer paso, garbosa,
- siempre esbelta y tan graciosa.
- Gira y salta sin parar,
- que muy sano es el saltar.
- ¡Vaya baile delicioso!
- ¡Son un grupo primoroso!
Y las muñecas comprendían la canción; Amalita también la comprendía, y el estudiante, claro está. Él la había compuesto, y decía que era estupenda. Sólo tía Malle no la entendía; no estaba ya para niñerías.
-¡Es una bobada! -decía. Pero Amalita no es boba, y la canta. Por ella es por quien la sabemos.
el ratoncito perez
Erase una vez Pepito Pérez , que era un pequeño ratoncito de ciudad , vivía con su familia en un agujerito de la pared de un edificio.
El agujero no era muy grande pero era muy cómodo, y allí no les faltaba la comida. Vivían junto a una panadería, por las noches él y su padre iban a coger harina y todo lo que encontraban para comer. Un día Pepito escuchó un gran alboroto en el piso de arriba. Y como ratón curioso que era trepó y trepó por las cañerías hasta llegar a la primera planta. Allí vió un montón de aparatos, sillones, flores, cuadros..., parecía que alguien se iba a instalar allí.
Al día siguiente Pepito volvió a subir a ver qué era todo aquello, y descubrió algo que le gustó muchísimo. En el piso de arriba habían puesto una clínica dental. A partir de entonces todos los días subía a mirar todo lo que hacía el doctor José Mª. Miraba y aprendía, volvía a mirar y apuntaba todo lo que podía en una pequeña libreta de cartón. Después practicaba con su familia lo que sabía. A su madre le limpió muy bien los dientes, a su hermanita le curó un dolor de muelas con un poquito de medicina.
Y así fue como el ratoncito Pérez se fue haciendo famoso. Venían ratones de todas partes para que los curara. Ratones de campo con una bolsita llena de comida para él, ratones de ciudad con sombrero y bastón, ratones pequeños, grandes, gordos, flacos... Todos querían que el ratoncito Pérez les arreglara la boca.
Pero entonces empezaron a venir ratones ancianos con un problema más grande. No tenían dientes y querían comer turrón, nueces, almendras, y todo lo que no podían comer desde que eran jóvenes. El ratoncito Pérez pensó y pensó cómo podía ayudar a estos ratones que confiaban en él. Y, como casi siempre que tenía una duda, subió a la clínica dental a mirar. Allí vió cómo el doctor José Mª le ponía unos dientes estupendos a un anciano. Esos dientes no eran de personas, los hacían en una gran fábrica para los dentistas. Pero esos dientes, eran enormes y no le servían a él para nada.
Entonces, cuando ya se iba a ir a su casa sin encontrar la solución, apareció en la clínica un niño con su mamá. El niño quería que el doctor le quitara un diente de leche para que le saliera rápido el diente fuerte y grande. El doctor se lo quitó y se lo dió de recuerdo. El ratoncito Pérez encontró la solución: "Iré a la casa de ese niño y le compraré el diente", pensó. Lo siguió por toda la ciudad y cuando por fin llegó a la casa, se encontró con un enorme gato y no pudo entrar. El ratoncito Pérez se esperó a que todos se durmieran y entonces entró a la habitación del niño. El niño se había dormido mirando y mirando su diente, y lo había puesto debajo de su almohada. Al pobre ratoncito Pérez le costó mucho encontrar el diente, pero al fin lo encontró y le dejó al niño un bonito regalo.
A la mañana siguiente el niño vió el regalo y se puso contentísimo y se lo contó a todos sus amigos del colegio. Y a partir de ese día, todos los niños dejan sus dientes de leche debajo de la almohada. Y el ratoncito Pérez los recoge y les deja a cambio un bonito regalo. cuento se ha acabado.
El agujero no era muy grande pero era muy cómodo, y allí no les faltaba la comida. Vivían junto a una panadería, por las noches él y su padre iban a coger harina y todo lo que encontraban para comer. Un día Pepito escuchó un gran alboroto en el piso de arriba. Y como ratón curioso que era trepó y trepó por las cañerías hasta llegar a la primera planta. Allí vió un montón de aparatos, sillones, flores, cuadros..., parecía que alguien se iba a instalar allí.
Al día siguiente Pepito volvió a subir a ver qué era todo aquello, y descubrió algo que le gustó muchísimo. En el piso de arriba habían puesto una clínica dental. A partir de entonces todos los días subía a mirar todo lo que hacía el doctor José Mª. Miraba y aprendía, volvía a mirar y apuntaba todo lo que podía en una pequeña libreta de cartón. Después practicaba con su familia lo que sabía. A su madre le limpió muy bien los dientes, a su hermanita le curó un dolor de muelas con un poquito de medicina.
Y así fue como el ratoncito Pérez se fue haciendo famoso. Venían ratones de todas partes para que los curara. Ratones de campo con una bolsita llena de comida para él, ratones de ciudad con sombrero y bastón, ratones pequeños, grandes, gordos, flacos... Todos querían que el ratoncito Pérez les arreglara la boca.
Pero entonces empezaron a venir ratones ancianos con un problema más grande. No tenían dientes y querían comer turrón, nueces, almendras, y todo lo que no podían comer desde que eran jóvenes. El ratoncito Pérez pensó y pensó cómo podía ayudar a estos ratones que confiaban en él. Y, como casi siempre que tenía una duda, subió a la clínica dental a mirar. Allí vió cómo el doctor José Mª le ponía unos dientes estupendos a un anciano. Esos dientes no eran de personas, los hacían en una gran fábrica para los dentistas. Pero esos dientes, eran enormes y no le servían a él para nada.
Entonces, cuando ya se iba a ir a su casa sin encontrar la solución, apareció en la clínica un niño con su mamá. El niño quería que el doctor le quitara un diente de leche para que le saliera rápido el diente fuerte y grande. El doctor se lo quitó y se lo dió de recuerdo. El ratoncito Pérez encontró la solución: "Iré a la casa de ese niño y le compraré el diente", pensó. Lo siguió por toda la ciudad y cuando por fin llegó a la casa, se encontró con un enorme gato y no pudo entrar. El ratoncito Pérez se esperó a que todos se durmieran y entonces entró a la habitación del niño. El niño se había dormido mirando y mirando su diente, y lo había puesto debajo de su almohada. Al pobre ratoncito Pérez le costó mucho encontrar el diente, pero al fin lo encontró y le dejó al niño un bonito regalo.
A la mañana siguiente el niño vió el regalo y se puso contentísimo y se lo contó a todos sus amigos del colegio. Y a partir de ese día, todos los niños dejan sus dientes de leche debajo de la almohada. Y el ratoncito Pérez los recoge y les deja a cambio un bonito regalo. cuento se ha acabado.
el rostro en la pared
Hacia unos días que había llegado a Rosario con la intención de comenzar mis estudios de medicina en la facultad local, ya que en el pueblo donde soy originario solo hay una escuela primaria y una secundaria. Como chico nuevo en la ciudad que era me sentía atraído por la vida de citadino, llena de nuevas experiencias por vivir y gente por conocer.
Pero mi primera actividad luego de dejar atrás la estación de colectivos a la cual había arribado a bordo del micro fue la de buscar un alojamiento acorde a mi bolsillo. Ya que el dinero reunido por mi familia para solventar mis estudios no era demasiado, sino que era la suma del esfuerzo de mi padre y mi madre, quienes trabajaron muy duro para juntar aquellos 800 pesos con los cuales deje mi casa solamente ataviado con ropa de verano y dos bolsos repletos de comida, libros, y consejos.
Gracias a una pareja de ancianos muy amables que encontré casi al salir de la estación ubique una pensión accesible y bien posicionada en el centro de la ciudad. Debo reconocer que mi primera reacción sobre mi nueva casa fue probablemente un poco exagerada, ya que me pareció una fantasía hecha realidad, la de mi propio lugar, el palacio donde era rey. Lejos de la constante vigilia de mis padres, libre al fin para hacer lo que quisiera sin tener que respetar horarios ni nada.
Un examen mas detenido de mis aposentos reveló la presencia de humedad a lo largo de toda la pared que daba al pasillo, llegando incluso la mancha hasta el techo. La puerta de entrada a mi pieza no cerraba bien y la cerradura presentaba vestigios visibles de oxido. Gozaba de un placard pequeño, una cama de una plaza de caño vieja y una mesita de luz, enfrente de la puerta había una ventana que daba a un patio interior de la antigua casona. La misma contaba con siete habitaciones, distribuidas en los dos pisos superiores, un baño, un comedor, una cocina y una pequeña sala vacía que al principio no me llamo la atención.
Luego de dejar mis mundanas pertenencias salí a dar una vuelta por el nuevo barrio y recorrí algunas calles hasta llegar a un bar en una esquina. La fachada estaba algo abandonada y sus paredes un poco descoloridas, pero representaba el clásico bar de principios de siglo, con su puerta doble de madera y un ventanal a cada lado de esta. Dentro me tope con algunas mesas y una barra a lo largo del local, donde en el fondo se apreciaba una mesa de pool con el paño curtido luego de interminables noches de juego.
Me senté y pedí una lagrima, eran las primeras horas de la tarde, me dispuse a ojear el diario La Capital, específicamente el suplemento de deportes, cuando fui interrumpido por el mozo, un hombre de unos 50 años, que me traía la jarrita con el vaso de soda y un par de saquitos de azúcar.
Cuando termine de leer y el liquido ya hacia rato se encontraba en mi estomago, llame al mozo para pedirle la cuenta y le pregunte donde quedaba el teatro El Circulo. Ya que planeaba hacer una escapada algún fin de semana para ver alguna obra local, confieso que no soy un amante del teatro, pero disfruto ver de vez en cuando alguna función humorística principalmente.
No tardo en darse cuenta Rodolfo, como después me dijo que se llamaba, que yo no era de esa ciudad, así que se interesó en saber mi procedencia, aclarado mi origen, y antes de decirle donde paraba me dijo que seguramente estaba en la pensión. Al principio me sorprendí de que supiera tanto, pero luego me comentó que generalmente a la vieja casona la habitan estudiantes de afuera. Antes de retirarme me explico que esa casa era la mas antigua del barrio y que había pertenecido a una familia adinerada de la zona, y que con el transcurrir del tiempo se transformo en un albergue regentado por el ultimo descendiente, una señora mayor, que enviudo hacia tiempo y que no tenia hijos.
Me retire del lugar conforme por haber aprendido más del sitio donde iba a vivir por los próximos meses y de su historia particular. Llegue a la pensión cuando comenzaba el ocaso y se hacia hora de cenar, hecho que esperaba ansiosamente porque ya me había empezado a doler el estómago. Es que entre tanto ajetreo del viaje y demás no había comido desde hacia muchas horas, quizás demasiadas. Apenas traspasé el umbral de entrada me tope con Irma, la dueña, quien me recibió con un plato de arroz servido en la mesa donde estaban los otros inquilinos. Me sentía casi como en mi casa por la atención recibida, y acto seguido deglutí gustosamente el generoso plato de comida, al instante de terminar mi ración me dirigí a mi habitación. No tarde mucho en dormirme porque me encontraba cansado por el peregrinaje, y solo quería descansar para anotarme al día siguiente en la facultad y comenzar mi vida de adulto.
En algún momento de la noche me despertaron unos ruidos en la habitación, como si fueran unos golpeteos, al incorporarme percibí un viento frió proveniente de la ventana abierta. Logre controlar la situación cerrándola y así puse fin a las distracciones que no me dejaban conciliar el sueño reparador que anhelaba.
Cuando desperté note una pesadumbre en todo mi cuerpo y tarde en vestirme para bajar a desayunar al comedor, en el cual estaban las demás personas junto a Irma que preparaba el mate para acompañar las tostadas con manteca. Después de consumir el alimento tome los papeles necesarios para inscribirme y me encaminé a la academia. El tramite no duro mucho, lo que me dio tiempo para recorrer otro poco la pintoresca urbe.
Volví al barrio avanzada la tarde, y una cuadra antes de llegar a destino me detuve en un almacén para comprar algunos comestibles para acompañarme en la noche con la lectura de alguno de los libros que había traído. Un paquete de masitas y un frasco de mermelada se me antojaron como los compañeros ideales. El dueño del lugar me pregunto si era del barrio, porque nunca antes le había comprado, entonces entendí que era una persona desconfiada de los extraños y me presente con todo lujo de detalles para apaciguar sus sospechas infundadas. Mas calmado decidió informarme de los chismes del barrio y dio cátedra sobre la vida privada de sus vecinos. Estaba retirándome algo cansado por la habladuría cuando quiso saber donde me hospedaba, al contestarle mientras me dirigía a la puerta del negocio, escuche que hablaba sobre un accidente que le pareció recordar ocurrido en la mansión hacia mucho tiempo con uno de sus inquilinos. Pero no me quede a oír el resto de la historia.
Al llegar a la pensión vi a la dueña acondicionando la sala que estaba desocupada y que ahora disponía de unos sillones y una pequeña mesa ratona en su centro. Pedí permiso para usarla mas tarde, después de comer para realizar mis lecturas, ella accedió pero me advirtió que no cerrara la puerta con llave, ya que era la única pieza además de la suya cuya cerradura estaba en condiciones, pero esta hacia mucho tiempo que no se utilizaba y temía que quedase trabada conmigo adentro. Me estaba por retirar cuando una duda asaltó mi mente, ¿porqué había estado sin utilizar aquella habitación? Mas la dueña se excuso y antes de retirarse dijo que no había quedado en condiciones luego de la ultima persona que se alojo allí.
Sin dar mucha importancia a sus palabras subí a mi cuarto a dejar los víveres y me dispuse a cenar con los demás. Mas tarde y luego de la charla de sobremesa me retire a mi recinto a buscar alguna lectura que me acompañase el resto de la noche, revisando dentro del bolso saque una antología de relatos de horror muy atrayente que siempre servia de distracción en momentos adecuados. Al retirarme advertí el agitar de la ventana por el viento, que precedía una tormenta que no había visto venir antes. Que mejor momento para leer me dije a mi mismo, ya que los vendavales no me dejaban dormir fácilmente con tanto ruido.
Para cuando llegue a la planta baja todos se habían retirado a dormir y la casa parecía deshabitada, disfruté de esta inesperada soledad sentado sobre el sillón más cómodo con un cigarrillo y una taza de café que me había preparado. Abrí el libro y elegí el cuento más largo para asegurarme un buen rato de esparcimiento. Debía haber pasado un cuarto de hora cuando una baja de tensión en la corriente apago momentáneamente la luz de la sala. Este hecho me sobresalto un poco cuando me encontraba absorto en la lectura, pero no duro la oscuridad unos segundos cuando se normalizo el suministro eléctrico y pude reanudar mi actividad. De repente comencé a notar que la temperatura de la habitación descendía precipitadamente, lo que me distrajo y obligo a mirar en derredor. Al principio no note nada extraño pero luego de unos momentos me di cuenta de que el lugar no parecía el mismo, las paredes presentaban un color más opaco, como si la pintura estuviera desgastada por el paso del tiempo y el abandono. E incluso en algunos lugares colgaban jirones de papel tapiz. Creí que la causa probable era la forma en que la luz manchaba con su haz las paredes, pero entonces percibí que el color que difundía la araña del techo no era ya amarillo sino mas bien un tenue verde.
Intuí que me estaba quedando dormido y que mis sentidos ya no respondían de la misma manera. Fue en ese momento cuando mis ojos fueron atraídos hacia una mancha negra en la pared que estaba delante mió que llamo mi atención, y al fijar la vista pude apreciar que lo que yo creí en un primer momento una mancha, se convertía gradualmente en una forma definida, como una cara. Ahí reparé en los dos puntos claros que se revelaban un poco más arriba de la mitad del círculo que se había formado, y en poco tiempo se tornaron rojos, con un punto amarillo en cada uno.
Un escalofrió recorrió mi espalda mientras contemplaba estupefacto como se conformaba ahí, en la pared de la sala, un rostro con vestigios humanos que cada vez se parecía mas al de una mujer. Las gotas de sudor frió recorrían mi rostro deformado por una mueca de horror, no podía gritar ni moverme, aquella visión me tenia preso de la locura, ni siquiera lograba desviar la mirada. Era como si una fuerza invisible me obligara a ver ese pavoroso espectáculo. Ya no había dudas, una cara demoníaca de pelos negros como la más profunda de las cavernas, de ojos rojos como los fuegos del infierno y pupilas amarillas como la putrefacción de la muerte me observaba. Sin emitir sonido, solo gesticulando en una mueca de agonía infinita mientras abría y cerraba una boca sin labios ni dientes. En el momento en que sentí que mi corazón iba a salirse de mi pecho, un nuevo golpe de energía sumió la habitación en tinieblas, para luego revelar el mismo escenario del principio. Una sala común y corriente, donde no había nadie más que yo.
Mi cuerpo recuperó la vida que le estaban drenando y subí de inmediato a mi pieza, tome mis pocas pertenencias y salí espantado de aquel maldito lugar para nunca más volver. Todavía imagino el rostro de Irma y los otros al ver revuelta mi habitación como si la hubiera azotado un huracán y no encontrarme por ningún lado, pero no podía ni emitir palabra casi, y la verdad es que no me hubiese quedado ni un minuto más en esa mansión embrujada para despedirme.
Cuando llegué a mi pueblo mi familia apenas me reconoció debido al notorio cambio que habían sufrido mis facciones luego de aquella pesadilla terrenal. Perdí el año en la facultad y tarde bastante tiempo para juntar coraje y volver a Rosario. Nunca pude regresar a la pensión, ni tuve la intención de averiguar por que me había sucedido eso. Incluso en las noches mas claras, donde la luna ilumina con su majestuosa calma la tierra, y el silencio se apodera de las calles, no logro olvidar esa cara cada vez que cierro los ojos y trato de dormir. Ahora sé que el terror tiene rostro y es el de aquella mancha en la pared.
Pero mi primera actividad luego de dejar atrás la estación de colectivos a la cual había arribado a bordo del micro fue la de buscar un alojamiento acorde a mi bolsillo. Ya que el dinero reunido por mi familia para solventar mis estudios no era demasiado, sino que era la suma del esfuerzo de mi padre y mi madre, quienes trabajaron muy duro para juntar aquellos 800 pesos con los cuales deje mi casa solamente ataviado con ropa de verano y dos bolsos repletos de comida, libros, y consejos.
Gracias a una pareja de ancianos muy amables que encontré casi al salir de la estación ubique una pensión accesible y bien posicionada en el centro de la ciudad. Debo reconocer que mi primera reacción sobre mi nueva casa fue probablemente un poco exagerada, ya que me pareció una fantasía hecha realidad, la de mi propio lugar, el palacio donde era rey. Lejos de la constante vigilia de mis padres, libre al fin para hacer lo que quisiera sin tener que respetar horarios ni nada.
Un examen mas detenido de mis aposentos reveló la presencia de humedad a lo largo de toda la pared que daba al pasillo, llegando incluso la mancha hasta el techo. La puerta de entrada a mi pieza no cerraba bien y la cerradura presentaba vestigios visibles de oxido. Gozaba de un placard pequeño, una cama de una plaza de caño vieja y una mesita de luz, enfrente de la puerta había una ventana que daba a un patio interior de la antigua casona. La misma contaba con siete habitaciones, distribuidas en los dos pisos superiores, un baño, un comedor, una cocina y una pequeña sala vacía que al principio no me llamo la atención.
Luego de dejar mis mundanas pertenencias salí a dar una vuelta por el nuevo barrio y recorrí algunas calles hasta llegar a un bar en una esquina. La fachada estaba algo abandonada y sus paredes un poco descoloridas, pero representaba el clásico bar de principios de siglo, con su puerta doble de madera y un ventanal a cada lado de esta. Dentro me tope con algunas mesas y una barra a lo largo del local, donde en el fondo se apreciaba una mesa de pool con el paño curtido luego de interminables noches de juego.
Me senté y pedí una lagrima, eran las primeras horas de la tarde, me dispuse a ojear el diario La Capital, específicamente el suplemento de deportes, cuando fui interrumpido por el mozo, un hombre de unos 50 años, que me traía la jarrita con el vaso de soda y un par de saquitos de azúcar.
Cuando termine de leer y el liquido ya hacia rato se encontraba en mi estomago, llame al mozo para pedirle la cuenta y le pregunte donde quedaba el teatro El Circulo. Ya que planeaba hacer una escapada algún fin de semana para ver alguna obra local, confieso que no soy un amante del teatro, pero disfruto ver de vez en cuando alguna función humorística principalmente.
No tardo en darse cuenta Rodolfo, como después me dijo que se llamaba, que yo no era de esa ciudad, así que se interesó en saber mi procedencia, aclarado mi origen, y antes de decirle donde paraba me dijo que seguramente estaba en la pensión. Al principio me sorprendí de que supiera tanto, pero luego me comentó que generalmente a la vieja casona la habitan estudiantes de afuera. Antes de retirarme me explico que esa casa era la mas antigua del barrio y que había pertenecido a una familia adinerada de la zona, y que con el transcurrir del tiempo se transformo en un albergue regentado por el ultimo descendiente, una señora mayor, que enviudo hacia tiempo y que no tenia hijos.
Me retire del lugar conforme por haber aprendido más del sitio donde iba a vivir por los próximos meses y de su historia particular. Llegue a la pensión cuando comenzaba el ocaso y se hacia hora de cenar, hecho que esperaba ansiosamente porque ya me había empezado a doler el estómago. Es que entre tanto ajetreo del viaje y demás no había comido desde hacia muchas horas, quizás demasiadas. Apenas traspasé el umbral de entrada me tope con Irma, la dueña, quien me recibió con un plato de arroz servido en la mesa donde estaban los otros inquilinos. Me sentía casi como en mi casa por la atención recibida, y acto seguido deglutí gustosamente el generoso plato de comida, al instante de terminar mi ración me dirigí a mi habitación. No tarde mucho en dormirme porque me encontraba cansado por el peregrinaje, y solo quería descansar para anotarme al día siguiente en la facultad y comenzar mi vida de adulto.
En algún momento de la noche me despertaron unos ruidos en la habitación, como si fueran unos golpeteos, al incorporarme percibí un viento frió proveniente de la ventana abierta. Logre controlar la situación cerrándola y así puse fin a las distracciones que no me dejaban conciliar el sueño reparador que anhelaba.
Cuando desperté note una pesadumbre en todo mi cuerpo y tarde en vestirme para bajar a desayunar al comedor, en el cual estaban las demás personas junto a Irma que preparaba el mate para acompañar las tostadas con manteca. Después de consumir el alimento tome los papeles necesarios para inscribirme y me encaminé a la academia. El tramite no duro mucho, lo que me dio tiempo para recorrer otro poco la pintoresca urbe.
Volví al barrio avanzada la tarde, y una cuadra antes de llegar a destino me detuve en un almacén para comprar algunos comestibles para acompañarme en la noche con la lectura de alguno de los libros que había traído. Un paquete de masitas y un frasco de mermelada se me antojaron como los compañeros ideales. El dueño del lugar me pregunto si era del barrio, porque nunca antes le había comprado, entonces entendí que era una persona desconfiada de los extraños y me presente con todo lujo de detalles para apaciguar sus sospechas infundadas. Mas calmado decidió informarme de los chismes del barrio y dio cátedra sobre la vida privada de sus vecinos. Estaba retirándome algo cansado por la habladuría cuando quiso saber donde me hospedaba, al contestarle mientras me dirigía a la puerta del negocio, escuche que hablaba sobre un accidente que le pareció recordar ocurrido en la mansión hacia mucho tiempo con uno de sus inquilinos. Pero no me quede a oír el resto de la historia.
Al llegar a la pensión vi a la dueña acondicionando la sala que estaba desocupada y que ahora disponía de unos sillones y una pequeña mesa ratona en su centro. Pedí permiso para usarla mas tarde, después de comer para realizar mis lecturas, ella accedió pero me advirtió que no cerrara la puerta con llave, ya que era la única pieza además de la suya cuya cerradura estaba en condiciones, pero esta hacia mucho tiempo que no se utilizaba y temía que quedase trabada conmigo adentro. Me estaba por retirar cuando una duda asaltó mi mente, ¿porqué había estado sin utilizar aquella habitación? Mas la dueña se excuso y antes de retirarse dijo que no había quedado en condiciones luego de la ultima persona que se alojo allí.
Sin dar mucha importancia a sus palabras subí a mi cuarto a dejar los víveres y me dispuse a cenar con los demás. Mas tarde y luego de la charla de sobremesa me retire a mi recinto a buscar alguna lectura que me acompañase el resto de la noche, revisando dentro del bolso saque una antología de relatos de horror muy atrayente que siempre servia de distracción en momentos adecuados. Al retirarme advertí el agitar de la ventana por el viento, que precedía una tormenta que no había visto venir antes. Que mejor momento para leer me dije a mi mismo, ya que los vendavales no me dejaban dormir fácilmente con tanto ruido.
Para cuando llegue a la planta baja todos se habían retirado a dormir y la casa parecía deshabitada, disfruté de esta inesperada soledad sentado sobre el sillón más cómodo con un cigarrillo y una taza de café que me había preparado. Abrí el libro y elegí el cuento más largo para asegurarme un buen rato de esparcimiento. Debía haber pasado un cuarto de hora cuando una baja de tensión en la corriente apago momentáneamente la luz de la sala. Este hecho me sobresalto un poco cuando me encontraba absorto en la lectura, pero no duro la oscuridad unos segundos cuando se normalizo el suministro eléctrico y pude reanudar mi actividad. De repente comencé a notar que la temperatura de la habitación descendía precipitadamente, lo que me distrajo y obligo a mirar en derredor. Al principio no note nada extraño pero luego de unos momentos me di cuenta de que el lugar no parecía el mismo, las paredes presentaban un color más opaco, como si la pintura estuviera desgastada por el paso del tiempo y el abandono. E incluso en algunos lugares colgaban jirones de papel tapiz. Creí que la causa probable era la forma en que la luz manchaba con su haz las paredes, pero entonces percibí que el color que difundía la araña del techo no era ya amarillo sino mas bien un tenue verde.
Intuí que me estaba quedando dormido y que mis sentidos ya no respondían de la misma manera. Fue en ese momento cuando mis ojos fueron atraídos hacia una mancha negra en la pared que estaba delante mió que llamo mi atención, y al fijar la vista pude apreciar que lo que yo creí en un primer momento una mancha, se convertía gradualmente en una forma definida, como una cara. Ahí reparé en los dos puntos claros que se revelaban un poco más arriba de la mitad del círculo que se había formado, y en poco tiempo se tornaron rojos, con un punto amarillo en cada uno.
Un escalofrió recorrió mi espalda mientras contemplaba estupefacto como se conformaba ahí, en la pared de la sala, un rostro con vestigios humanos que cada vez se parecía mas al de una mujer. Las gotas de sudor frió recorrían mi rostro deformado por una mueca de horror, no podía gritar ni moverme, aquella visión me tenia preso de la locura, ni siquiera lograba desviar la mirada. Era como si una fuerza invisible me obligara a ver ese pavoroso espectáculo. Ya no había dudas, una cara demoníaca de pelos negros como la más profunda de las cavernas, de ojos rojos como los fuegos del infierno y pupilas amarillas como la putrefacción de la muerte me observaba. Sin emitir sonido, solo gesticulando en una mueca de agonía infinita mientras abría y cerraba una boca sin labios ni dientes. En el momento en que sentí que mi corazón iba a salirse de mi pecho, un nuevo golpe de energía sumió la habitación en tinieblas, para luego revelar el mismo escenario del principio. Una sala común y corriente, donde no había nadie más que yo.
Mi cuerpo recuperó la vida que le estaban drenando y subí de inmediato a mi pieza, tome mis pocas pertenencias y salí espantado de aquel maldito lugar para nunca más volver. Todavía imagino el rostro de Irma y los otros al ver revuelta mi habitación como si la hubiera azotado un huracán y no encontrarme por ningún lado, pero no podía ni emitir palabra casi, y la verdad es que no me hubiese quedado ni un minuto más en esa mansión embrujada para despedirme.
Cuando llegué a mi pueblo mi familia apenas me reconoció debido al notorio cambio que habían sufrido mis facciones luego de aquella pesadilla terrenal. Perdí el año en la facultad y tarde bastante tiempo para juntar coraje y volver a Rosario. Nunca pude regresar a la pensión, ni tuve la intención de averiguar por que me había sucedido eso. Incluso en las noches mas claras, donde la luna ilumina con su majestuosa calma la tierra, y el silencio se apodera de las calles, no logro olvidar esa cara cada vez que cierro los ojos y trato de dormir. Ahora sé que el terror tiene rostro y es el de aquella mancha en la pared.
una muñeca diabolica?
Me imagino que ya habrás visto CHUCKY EL MUÑECO DIABÓLICO, pues esta historia que me la contó un muy buen amigo mío, se le parece mucho a la de la película.
Cuenta él (mi amigo) que tenía una vecina, una chica de más o menos 25 años, no recuerdo su nombre (la llamaremos Brenda). Brenda tenía una preciosa hija, una niña de aproximadamente 2 años, a la cual amaba y cuidaba como a su propia vida. El padre las había abandonado al saber del embarazo, pero esto no impidió que salieran adelante. Brenda trabajaba en un banco de reconocido prestigio aquí en mi país, siendo una de las mejores ejecutivas, a tal punto que empezó a ascender rápidamente y llegó a ser la Subgerente de aquel banco. Algo que trajo como consecuencia los celos y envidias de las demás ejecutivas, entre ellas la mejor "amiga" de Brenda, desde siempre habían sido amigas, se podría decir que eran como uña y carne, es decir inseparables, pero el éxito de una vino a despertar resentimientos y odios ocultos en la otra.
Un día Lunes por la mañana (un día anterior al cumpleaños de la baby de Brenda), como todos los días Brenda se encontraba en su oficina, cuando esta amiga entró y empezaron a conversar sobre los arreglos de la fiesta de cumpleaños que se realizaría al día siguiente, Brenda muy emocionada pensaba como agasajaría a su pequeña.
Sin embargo ese día acontecería algo maligno y peligroso. Era ya Martes por la tarde, el ambiente era festivo, alegre e infantil, lleno de globos, dulces, y pastel. En realidad eran muy pocos los invitados, la mayoría familiares y amigos entre ellos esta loba vestida de oveja.
Llegó la hora de abrir los obsequios y la mayoría eran juguetes, camisitas, falditas, zapatitos... en fin, todo lo que utiliza una niña de 2 años. Entre los juguetes se encontraba esta hermosa muñeca: Ojos azules, pelo rubio, vestidito azul. ¿Adivinen de quién era el obsequio? Exactamente era de esta mujer, quien había planeado algo horrible para dañar a Brenda y su hija.
La pesadilla comenzó esa misma noche. Era medianoche y la niña comenzó a llorar. Brenda, alertada, se levantó a ver qué pasaba, entró al cuarto de la nena y se acercó a su camita. Al no ver el motivo por el cual la niña lloraba, se quedó con ella, hasta quedar nuevamente dormida. A la mañana siguiente la niña amaneció con moretes en los brazos y piernas. Brenda, preocupada, no fue a trabajar y llevó a la niña al médico. El doctor le dijo que esos moretones eran producto de golpes fuertes, y le preguntó a Brenda si su pequeña se había caído de la cama o golpeado con algún objeto. Ella le contestó que no, que prácticamente su madre la cuidaba todo el día, mientras ella trabajaba en el banco. El médico le aconsejó que observara muy bien a la nena, para que no siguiera sufriendo más golpes.
Brenda le comentó este suceso a su "amiga", y ésta con una reacción hipócrita le expresó su tristeza por lo sucedido, pero en su interior se gozaba pues ella bien sabía el mal que había provocado.
Esa noche volvió a suceder algo, a la medianoche la nena lloraba y gritaba, Brenda nuevemente alarmada se levantó para ver qué le sucedía ahora a la niña. Entró a su cuarto y observó que la niña estaba descubierta, la cubrió nuevamente y se quedó con ella, toda la noche. Al día siguiente la nena volvió a amanecer con moretones, pero ahora había algo más: Brenda descubrió pequeñas mordidas en todo el cuerpecito y algunas eran muy profundas. Esto empezó a asustar a Brenda y se lo comentó a su madre. La señora muy extrañada se preocupó, (la madre de Brenda era de esas señoras que creían en maleficios y brujerías), por lo tanto la madre de Brenda se fue inmediatamente a consultar con uno de esos médium (brujos), para saber de una vez por todas qué sucedía, -todo esto, claro, sin el consentimiento de Brenda-.
A todo esto Brenda muy preocupada, y su querida "amiga" se gozaba más y más en su interior. Pasaron los días y la pobre nena no había noche que no fuera atacada por alguien o por algo. Brenda, desesperada, lloraba desconsolada por lo que le pasaba a su nena. Cuando su madre llegó la encontró llorando en la cama, y le dijo que había averiguado algo, que la llevaría a descubrir lo que pasaba. Brenda le preguntó que cómo había averiguado y su madre le comentó que había visitado a un brujo para que le dijera qué estaba sucediendo. Brenda más alterada le dijo: ¿Brujería? ¿mi nena está siendo martirizada por un espíritu?. La madre no le quiso comentar mucho, sólo le dijo: Esta noche velaremos y veremos qué es lo que pasa. Así fue se quedaron en el pasillo frente al cuarto de la nena, con la puerta semicerrada, lo suficiente para poder observar dentro de la habitación.
Faltaban 3 minutos para media noche. Todo estaba listo, ellas observaban fijamente a la nena que dormía plácidamente, luego el reloj sonó dando a conocer que era media noche y sucedió algo que dejó perplejas a ambas: observaron cómo aquella muñeca se levantaba de aquel estante en donde estaba, y caminaba hacia la niña.
Brenda y su madre no lo podían creer, ¡era un juguete que tenía vida!, y al instante observaron que aquella muñeca estaba golpeando y mordiendo a la niña. Enseguida la niña comenzó a gritar. Brenda entró corriendo y agarró a la muñeca y la tiró al suelo, la muñeca tenía los ojos rojos como brasas encendidas, y el semblante de la cara era demoníaco. Trataron de capturarla, pero se les escapó por el pasillo y desapareció.
Al día siguiente Brenda y su madre encontraron a la muñeca tirada en el patio de la casa, inmediatamente la quemaron, y pasó algo increíble... en las cenizas se formó el nombre de aquella mujer que había hecho el maleficio. Y Brenda tremendamente afectada, se puso a llorar, no lo podía creer, su mejor amiga había tratado de dañarla. Brenda renunció a su trabajo y se cambió de vecindario junto a su madre e hija.
Meses después sorprendida leía en el periódico que, aquella mujer que se había hecho pasar por su amiga y que le había hecho el maleficio, la habían encontrado muerta colgando de un árbol detrás de su casa, sin saber los motivos de aquel suicidio.
Extraño ¿verdad?
Así que, como diría mi viejo amigo, no confíes ni de tu propia sombra.
Cuenta él (mi amigo) que tenía una vecina, una chica de más o menos 25 años, no recuerdo su nombre (la llamaremos Brenda). Brenda tenía una preciosa hija, una niña de aproximadamente 2 años, a la cual amaba y cuidaba como a su propia vida. El padre las había abandonado al saber del embarazo, pero esto no impidió que salieran adelante. Brenda trabajaba en un banco de reconocido prestigio aquí en mi país, siendo una de las mejores ejecutivas, a tal punto que empezó a ascender rápidamente y llegó a ser la Subgerente de aquel banco. Algo que trajo como consecuencia los celos y envidias de las demás ejecutivas, entre ellas la mejor "amiga" de Brenda, desde siempre habían sido amigas, se podría decir que eran como uña y carne, es decir inseparables, pero el éxito de una vino a despertar resentimientos y odios ocultos en la otra.
Un día Lunes por la mañana (un día anterior al cumpleaños de la baby de Brenda), como todos los días Brenda se encontraba en su oficina, cuando esta amiga entró y empezaron a conversar sobre los arreglos de la fiesta de cumpleaños que se realizaría al día siguiente, Brenda muy emocionada pensaba como agasajaría a su pequeña.
Sin embargo ese día acontecería algo maligno y peligroso. Era ya Martes por la tarde, el ambiente era festivo, alegre e infantil, lleno de globos, dulces, y pastel. En realidad eran muy pocos los invitados, la mayoría familiares y amigos entre ellos esta loba vestida de oveja.
Llegó la hora de abrir los obsequios y la mayoría eran juguetes, camisitas, falditas, zapatitos... en fin, todo lo que utiliza una niña de 2 años. Entre los juguetes se encontraba esta hermosa muñeca: Ojos azules, pelo rubio, vestidito azul. ¿Adivinen de quién era el obsequio? Exactamente era de esta mujer, quien había planeado algo horrible para dañar a Brenda y su hija.
La pesadilla comenzó esa misma noche. Era medianoche y la niña comenzó a llorar. Brenda, alertada, se levantó a ver qué pasaba, entró al cuarto de la nena y se acercó a su camita. Al no ver el motivo por el cual la niña lloraba, se quedó con ella, hasta quedar nuevamente dormida. A la mañana siguiente la niña amaneció con moretes en los brazos y piernas. Brenda, preocupada, no fue a trabajar y llevó a la niña al médico. El doctor le dijo que esos moretones eran producto de golpes fuertes, y le preguntó a Brenda si su pequeña se había caído de la cama o golpeado con algún objeto. Ella le contestó que no, que prácticamente su madre la cuidaba todo el día, mientras ella trabajaba en el banco. El médico le aconsejó que observara muy bien a la nena, para que no siguiera sufriendo más golpes.
Brenda le comentó este suceso a su "amiga", y ésta con una reacción hipócrita le expresó su tristeza por lo sucedido, pero en su interior se gozaba pues ella bien sabía el mal que había provocado.
Esa noche volvió a suceder algo, a la medianoche la nena lloraba y gritaba, Brenda nuevemente alarmada se levantó para ver qué le sucedía ahora a la niña. Entró a su cuarto y observó que la niña estaba descubierta, la cubrió nuevamente y se quedó con ella, toda la noche. Al día siguiente la nena volvió a amanecer con moretones, pero ahora había algo más: Brenda descubrió pequeñas mordidas en todo el cuerpecito y algunas eran muy profundas. Esto empezó a asustar a Brenda y se lo comentó a su madre. La señora muy extrañada se preocupó, (la madre de Brenda era de esas señoras que creían en maleficios y brujerías), por lo tanto la madre de Brenda se fue inmediatamente a consultar con uno de esos médium (brujos), para saber de una vez por todas qué sucedía, -todo esto, claro, sin el consentimiento de Brenda-.
A todo esto Brenda muy preocupada, y su querida "amiga" se gozaba más y más en su interior. Pasaron los días y la pobre nena no había noche que no fuera atacada por alguien o por algo. Brenda, desesperada, lloraba desconsolada por lo que le pasaba a su nena. Cuando su madre llegó la encontró llorando en la cama, y le dijo que había averiguado algo, que la llevaría a descubrir lo que pasaba. Brenda le preguntó que cómo había averiguado y su madre le comentó que había visitado a un brujo para que le dijera qué estaba sucediendo. Brenda más alterada le dijo: ¿Brujería? ¿mi nena está siendo martirizada por un espíritu?. La madre no le quiso comentar mucho, sólo le dijo: Esta noche velaremos y veremos qué es lo que pasa. Así fue se quedaron en el pasillo frente al cuarto de la nena, con la puerta semicerrada, lo suficiente para poder observar dentro de la habitación.
Faltaban 3 minutos para media noche. Todo estaba listo, ellas observaban fijamente a la nena que dormía plácidamente, luego el reloj sonó dando a conocer que era media noche y sucedió algo que dejó perplejas a ambas: observaron cómo aquella muñeca se levantaba de aquel estante en donde estaba, y caminaba hacia la niña.
Brenda y su madre no lo podían creer, ¡era un juguete que tenía vida!, y al instante observaron que aquella muñeca estaba golpeando y mordiendo a la niña. Enseguida la niña comenzó a gritar. Brenda entró corriendo y agarró a la muñeca y la tiró al suelo, la muñeca tenía los ojos rojos como brasas encendidas, y el semblante de la cara era demoníaco. Trataron de capturarla, pero se les escapó por el pasillo y desapareció.
Al día siguiente Brenda y su madre encontraron a la muñeca tirada en el patio de la casa, inmediatamente la quemaron, y pasó algo increíble... en las cenizas se formó el nombre de aquella mujer que había hecho el maleficio. Y Brenda tremendamente afectada, se puso a llorar, no lo podía creer, su mejor amiga había tratado de dañarla. Brenda renunció a su trabajo y se cambió de vecindario junto a su madre e hija.
Meses después sorprendida leía en el periódico que, aquella mujer que se había hecho pasar por su amiga y que le había hecho el maleficio, la habían encontrado muerta colgando de un árbol detrás de su casa, sin saber los motivos de aquel suicidio.
Extraño ¿verdad?
Así que, como diría mi viejo amigo, no confíes ni de tu propia sombra.
el nahuel
vive en un pueblo tan tradicionalista y viejo que las historias de aparecidos y brujería son de casi todos los días, él no creía en esas cosas hasta que lo vivió en carne propia.
Dice que en su casa no se explicaban por qué, pero que todas las mañanas encontraban la cocina revuelta, como si hubiera entrado un animal, todos los trastos tirados, la harina, el azúcar; es que ellos compran siempre bultos de harina y azúcar y manteca porque hacen pan. El patio que tienen es muy grande y la cocina está un poco alejada de la casa.
Por más que se atrancaba la puerta, parecía que un animal o alguien entraba a tirar todo, mi tía cansada de esa situación, decidió espiar a ver lo que era. Pasaron 4 noches y nada, la quinta noche se levantó al escuchar mucho ruido en la cocina, levantó a mi primo y sigilosamente se asomó, cuál fue su impresión al ver por la ventana a un enorme cerdo negro y repulsivo, tirando las cosas, husmando en las cacerolas, los trastos... Lo que más le sorprendió es que la puerta estaba bien atrancada y no había agujero por el que semejante animalón pudiera meterse , y como se las sabe de todas todas, le dijo a mi primo que trajera un lazo y que se "orinara en él". Mi primo trajo el lazo y le dijo que para qué se lo iba a orinar y mi tía que lo regañó y lo hizo orinarse en el lazo. Mi tía tomó el lazo y entró, el animal se le aventó agresivo queriéndola morder, y en una de esas mi tía que lo laza..., en serio que el animal tenía una fuerza descomunal que hasta mi primo la tuvo que ayudar. Lo amarraron en un árbor en medio del patio y dijo, si en verdad no es nada malo, mañana mismo lo echo en la cazuela, canijo animal.
No lo van a creer, pero a la mañana siguiente, lo que mi primo vió no lo podía creer: el cerdo ahora era humano, era una anciana vecina de ellos, doña Teresita; estaba completamente desnuda. Mi tía dijo que se había rumoreado que era nahual , pero no lo creía, le reprochó, "¿por qué me hace eso doña Tere?, yo no le he hecho nada malo para que me perjudique así"; la anciana le pidió mil disculpas diciendo que era la costumbre y que no sabía que era su casa, pero que la dejara ir, que no la molestaría más. Mi tía, como se pasa de buena, le dió con qué vestirse y la dejó ir, diciéndole que si lo volvía a hacer que no dudaría en matarla ahí mismo.
Mi primo desde ahí quedó pasmado e investigó lo que era un nahual, según dice es un brujo malo que pacta con Satanás y tiene la facilidad de cambiar su cuerpo a la de un animal grande , cerdos, perros, coyotes, etc. para hacer daño a las casas o para asesinar a sus enemigos.
Dice que en su casa no se explicaban por qué, pero que todas las mañanas encontraban la cocina revuelta, como si hubiera entrado un animal, todos los trastos tirados, la harina, el azúcar; es que ellos compran siempre bultos de harina y azúcar y manteca porque hacen pan. El patio que tienen es muy grande y la cocina está un poco alejada de la casa.
Por más que se atrancaba la puerta, parecía que un animal o alguien entraba a tirar todo, mi tía cansada de esa situación, decidió espiar a ver lo que era. Pasaron 4 noches y nada, la quinta noche se levantó al escuchar mucho ruido en la cocina, levantó a mi primo y sigilosamente se asomó, cuál fue su impresión al ver por la ventana a un enorme cerdo negro y repulsivo, tirando las cosas, husmando en las cacerolas, los trastos... Lo que más le sorprendió es que la puerta estaba bien atrancada y no había agujero por el que semejante animalón pudiera meterse , y como se las sabe de todas todas, le dijo a mi primo que trajera un lazo y que se "orinara en él". Mi primo trajo el lazo y le dijo que para qué se lo iba a orinar y mi tía que lo regañó y lo hizo orinarse en el lazo. Mi tía tomó el lazo y entró, el animal se le aventó agresivo queriéndola morder, y en una de esas mi tía que lo laza..., en serio que el animal tenía una fuerza descomunal que hasta mi primo la tuvo que ayudar. Lo amarraron en un árbor en medio del patio y dijo, si en verdad no es nada malo, mañana mismo lo echo en la cazuela, canijo animal.
No lo van a creer, pero a la mañana siguiente, lo que mi primo vió no lo podía creer: el cerdo ahora era humano, era una anciana vecina de ellos, doña Teresita; estaba completamente desnuda. Mi tía dijo que se había rumoreado que era nahual , pero no lo creía, le reprochó, "¿por qué me hace eso doña Tere?, yo no le he hecho nada malo para que me perjudique así"; la anciana le pidió mil disculpas diciendo que era la costumbre y que no sabía que era su casa, pero que la dejara ir, que no la molestaría más. Mi tía, como se pasa de buena, le dió con qué vestirse y la dejó ir, diciéndole que si lo volvía a hacer que no dudaría en matarla ahí mismo.
Mi primo desde ahí quedó pasmado e investigó lo que era un nahual, según dice es un brujo malo que pacta con Satanás y tiene la facilidad de cambiar su cuerpo a la de un animal grande , cerdos, perros, coyotes, etc. para hacer daño a las casas o para asesinar a sus enemigos.
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