miércoles, 23 de octubre de 2013

el rostro en la pared

Hacia unos días que había llegado a Rosario con la intención de comenzar mis estudios de medicina en la facultad local, ya que en el pueblo donde soy originario solo hay una escuela primaria y una secundaria. Como chico nuevo en la ciudad que era me sentía atraído por la vida de citadino, llena de nuevas experiencias por vivir y gente por conocer. 

Pero mi primera actividad luego de dejar atrás la estación de colectivos a la cual había arribado a bordo del micro fue la de buscar un alojamiento acorde a mi bolsillo. Ya que el dinero reunido por mi familia para solventar mis estudios no era demasiado, sino que era la suma del esfuerzo de mi padre y mi madre, quienes trabajaron muy duro para juntar aquellos 800 pesos con los cuales deje mi casa solamente ataviado con ropa de verano y dos bolsos repletos de comida, libros, y consejos. 

Gracias a una pareja de ancianos muy amables que encontré casi al salir de la estación ubique una pensión accesible y bien posicionada en el centro de la ciudad. Debo reconocer que mi primera reacción sobre mi nueva casa fue probablemente un poco exagerada, ya que me pareció una fantasía hecha realidad, la de mi propio lugar, el palacio donde era rey. Lejos de la constante vigilia de mis padres, libre al fin para hacer lo que quisiera sin tener que respetar horarios ni nada. 

Un examen mas detenido de mis aposentos reveló la presencia de humedad a lo largo de toda la pared que daba al pasillo, llegando incluso la mancha hasta el techo. La puerta de entrada a mi pieza no cerraba bien y la cerradura presentaba vestigios visibles de oxido. Gozaba de un placard pequeño, una cama de una plaza de caño vieja y una mesita de luz, enfrente de la puerta había una ventana que daba a un patio interior de la antigua casona. La misma contaba con siete habitaciones, distribuidas en los dos pisos superiores, un baño, un comedor, una cocina y una pequeña sala vacía que al principio no me llamo la atención. 

Luego de dejar mis mundanas pertenencias salí a dar una vuelta por el nuevo barrio y recorrí algunas calles hasta llegar a un bar en una esquina. La fachada estaba algo abandonada y sus paredes un poco descoloridas, pero representaba el clásico bar de principios de siglo, con su puerta doble de madera y un ventanal a cada lado de esta. Dentro me tope con algunas mesas y una barra a lo largo del local, donde en el fondo se apreciaba una mesa de pool con el paño curtido luego de interminables noches de juego. 
Me senté y pedí una lagrima, eran las primeras horas de la tarde, me dispuse a ojear el diario La Capital, específicamente el suplemento de deportes, cuando fui interrumpido por el mozo, un hombre de unos 50 años, que me traía la jarrita con el vaso de soda y un par de saquitos de azúcar. 

Cuando termine de leer y el liquido ya hacia rato se encontraba en mi estomago, llame al mozo para pedirle la cuenta y le pregunte donde quedaba el teatro El Circulo. Ya que planeaba hacer una escapada algún fin de semana para ver alguna obra local, confieso que no soy un amante del teatro, pero disfruto ver de vez en cuando alguna función humorística principalmente. 

No tardo en darse cuenta Rodolfo, como después me dijo que se llamaba, que yo no era de esa ciudad, así que se interesó en saber mi procedencia, aclarado mi origen, y antes de decirle donde paraba me dijo que seguramente estaba en la pensión. Al principio me sorprendí de que supiera tanto, pero luego me comentó que generalmente a la vieja casona la habitan estudiantes de afuera. Antes de retirarme me explico que esa casa era la mas antigua del barrio y que había pertenecido a una familia adinerada de la zona, y que con el transcurrir del tiempo se transformo en un albergue regentado por el ultimo descendiente, una señora mayor, que enviudo hacia tiempo y que no tenia hijos. 

Me retire del lugar conforme por haber aprendido más del sitio donde iba a vivir por los próximos meses y de su historia particular. Llegue a la pensión cuando comenzaba el ocaso y se hacia hora de cenar, hecho que esperaba ansiosamente porque ya me había empezado a doler el estómago. Es que entre tanto ajetreo del viaje y demás no había comido desde hacia muchas horas, quizás demasiadas. Apenas traspasé el umbral de entrada me tope con Irma, la dueña, quien me recibió con un plato de arroz servido en la mesa donde estaban los otros inquilinos. Me sentía casi como en mi casa por la atención recibida, y acto seguido deglutí gustosamente el generoso plato de comida, al instante de terminar mi ración me dirigí a mi habitación. No tarde mucho en dormirme porque me encontraba cansado por el peregrinaje, y solo quería descansar para anotarme al día siguiente en la facultad y comenzar mi vida de adulto. 

En algún momento de la noche me despertaron unos ruidos en la habitación, como si fueran unos golpeteos, al incorporarme percibí un viento frió proveniente de la ventana abierta. Logre controlar la situación cerrándola y así puse fin a las distracciones que no me dejaban conciliar el sueño reparador que anhelaba. 

Cuando desperté note una pesadumbre en todo mi cuerpo y tarde en vestirme para bajar a desayunar al comedor, en el cual estaban las demás personas junto a Irma que preparaba el mate para acompañar las tostadas con manteca. Después de consumir el alimento tome los papeles necesarios para inscribirme y me encaminé a la academia. El tramite no duro mucho, lo que me dio tiempo para recorrer otro poco la pintoresca urbe. 

Volví al barrio avanzada la tarde, y una cuadra antes de llegar a destino me detuve en un almacén para comprar algunos comestibles para acompañarme en la noche con la lectura de alguno de los libros que había traído. Un paquete de masitas y un frasco de mermelada se me antojaron como los compañeros ideales. El dueño del lugar me pregunto si era del barrio, porque nunca antes le había comprado, entonces entendí que era una persona desconfiada de los extraños y me presente con todo lujo de detalles para apaciguar sus sospechas infundadas. Mas calmado decidió informarme de los chismes del barrio y dio cátedra sobre la vida privada de sus vecinos. Estaba retirándome algo cansado por la habladuría cuando quiso saber donde me hospedaba, al contestarle mientras me dirigía a la puerta del negocio, escuche que hablaba sobre un accidente que le pareció recordar ocurrido en la mansión hacia mucho tiempo con uno de sus inquilinos. Pero no me quede a oír el resto de la historia. 

Al llegar a la pensión vi a la dueña acondicionando la sala que estaba desocupada y que ahora disponía de unos sillones y una pequeña mesa ratona en su centro. Pedí permiso para usarla mas tarde, después de comer para realizar mis lecturas, ella accedió pero me advirtió que no cerrara la puerta con llave, ya que era la única pieza además de la suya cuya cerradura estaba en condiciones, pero esta hacia mucho tiempo que no se utilizaba y temía que quedase trabada conmigo adentro. Me estaba por retirar cuando una duda asaltó mi mente, ¿porqué había estado sin utilizar aquella habitación? Mas la dueña se excuso y antes de retirarse dijo que no había quedado en condiciones luego de la ultima persona que se alojo allí. 

Sin dar mucha importancia a sus palabras subí a mi cuarto a dejar los víveres y me dispuse a cenar con los demás. Mas tarde y luego de la charla de sobremesa me retire a mi recinto a buscar alguna lectura que me acompañase el resto de la noche, revisando dentro del bolso saque una antología de relatos de horror muy atrayente que siempre servia de distracción en momentos adecuados. Al retirarme advertí el agitar de la ventana por el viento, que precedía una tormenta que no había visto venir antes. Que mejor momento para leer me dije a mi mismo, ya que los vendavales no me dejaban dormir fácilmente con tanto ruido. 

Para cuando llegue a la planta baja todos se habían retirado a dormir y la casa parecía deshabitada, disfruté de esta inesperada soledad sentado sobre el sillón más cómodo con un cigarrillo y una taza de café que me había preparado. Abrí el libro y elegí el cuento más largo para asegurarme un buen rato de esparcimiento. Debía haber pasado un cuarto de hora cuando una baja de tensión en la corriente apago momentáneamente la luz de la sala. Este hecho me sobresalto un poco cuando me encontraba absorto en la lectura, pero no duro la oscuridad unos segundos cuando se normalizo el suministro eléctrico y pude reanudar mi actividad. De repente comencé a notar que la temperatura de la habitación descendía precipitadamente, lo que me distrajo y obligo a mirar en derredor. Al principio no note nada extraño pero luego de unos momentos me di cuenta de que el lugar no parecía el mismo, las paredes presentaban un color más opaco, como si la pintura estuviera desgastada por el paso del tiempo y el abandono. E incluso en algunos lugares colgaban jirones de papel tapiz. Creí que la causa probable era la forma en que la luz manchaba con su haz las paredes, pero entonces percibí que el color que difundía la araña del techo no era ya amarillo sino mas bien un tenue verde. 

Intuí que me estaba quedando dormido y que mis sentidos ya no respondían de la misma manera. Fue en ese momento cuando mis ojos fueron atraídos hacia una mancha negra en la pared que estaba delante mió que llamo mi atención, y al fijar la vista pude apreciar que lo que yo creí en un primer momento una mancha, se convertía gradualmente en una forma definida, como una cara. Ahí reparé en los dos puntos claros que se revelaban un poco más arriba de la mitad del círculo que se había formado, y en poco tiempo se tornaron rojos, con un punto amarillo en cada uno. 

Un escalofrió recorrió mi espalda mientras contemplaba estupefacto como se conformaba ahí, en la pared de la sala, un rostro con vestigios humanos que cada vez se parecía mas al de una mujer. Las gotas de sudor frió recorrían mi rostro deformado por una mueca de horror, no podía gritar ni moverme, aquella visión me tenia preso de la locura, ni siquiera lograba desviar la mirada. Era como si una fuerza invisible me obligara a ver ese pavoroso espectáculo. Ya no había dudas, una cara demoníaca de pelos negros como la más profunda de las cavernas, de ojos rojos como los fuegos del infierno y pupilas amarillas como la putrefacción de la muerte me observaba. Sin emitir sonido, solo gesticulando en una mueca de agonía infinita mientras abría y cerraba una boca sin labios ni dientes. En el momento en que sentí que mi corazón iba a salirse de mi pecho, un nuevo golpe de energía sumió la habitación en tinieblas, para luego revelar el mismo escenario del principio. Una sala común y corriente, donde no había nadie más que yo. 

Mi cuerpo recuperó la vida que le estaban drenando y subí de inmediato a mi pieza, tome mis pocas pertenencias y salí espantado de aquel maldito lugar para nunca más volver. Todavía imagino el rostro de Irma y los otros al ver revuelta mi habitación como si la hubiera azotado un huracán y no encontrarme por ningún lado, pero no podía ni emitir palabra casi, y la verdad es que no me hubiese quedado ni un minuto más en esa mansión embrujada para despedirme. 

Cuando llegué a mi pueblo mi familia apenas me reconoció debido al notorio cambio que habían sufrido mis facciones luego de aquella pesadilla terrenal. Perdí el año en la facultad y tarde bastante tiempo para juntar coraje y volver a Rosario. Nunca pude regresar a la pensión, ni tuve la intención de averiguar por que me había sucedido eso. Incluso en las noches mas claras, donde la luna ilumina con su majestuosa calma la tierra, y el silencio se apodera de las calles, no logro olvidar esa cara cada vez que cierro los ojos y trato de dormir. Ahora sé que el terror tiene rostro y es el de aquella mancha en la pared. 

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